Sunday, January 11, 2015
Missing

Autora:  Betsey Heavner

Tenemos la tendencia de clamar cuando necesitamos ayuda o cuando sufrimos dolor.  Podríamos recordar dar gracias  cuando estamos llenos de gozo o hallamos belleza. Pero hoy no hay nada especial en mi calendario o algo que me urge en mi corazón. Es un día común y corriente.

Tengo mucho por lo cual estar agradecida: estoy saludable, mi esposo tuvo una gran recuperación de una cirugía del corazón reciente, esperamos un nuevo nieto dentro de pocos días, otro nieto está respondiendo bien al  tratamiento médico para una enfermedad crónica.  Así como las oraciones para otras personas, los reportajes noticiosos interminables tratan de generar urgencia acerca de las crisis. Pero, según estos asuntos divagan en mi consciencia, confieso que parecen ser parte de una rutina usual. Es un día común y corriente.

Recientemente leí que el Papa Gregorio el Grande (600 CE) fue el primer líder eclesiástico en enseñar que todas las personas, los laicos así como los sacerdotes y las monjas, podían experimentar la santidad. Las personas comunes y corrientes; hombres y mujeres, niños y jóvenes pueden experimentar a Dios en la rutina de sus vidas. De hecho Gregorio insistió que cuando las personas viven una vida activa, entonces todo en su experiencia se transforma en un instrumento para la comunicación directa de Dios con ellas. Todo... las posibilidades, las reuniones, las tormentas... la vida de familia, los paisajes... los objetos que utilizamos y miles de otras cosas.

Anhelo la presencia de Dios, aun en días comunes y corrientes. Quiero reconocer lo santo en lo cotidiano. Sé que Dios está en todas partes, justo como lo describió Gregorio. Hoy día me las arreglo para decir "Abre mis ojos, Señor". Déjame verte en todo lo que me encuentre. Y sobre todo, permíteme ser una presencia santa para todas las personas que me encuentre. Amén". 
 

 

 

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