Sunday, August 16, 2015
Missing

Sobre la oración

Uno de los temas que más a menudo escucho acerca de la oración es: ¿para qué orar si Dios lo sabe todo?  En cierta forma la pregunta y el planteamiento pueden ser una excusa. La disciplina de orar no es tan fácil como parece. Hay una cierta disposición humana a creer que todo lo podemos resolver por nosotros mismos, en cuyo caso, ¿para qué involucrar a Dios?

En cierta forma este razonamiento conlleva una dificultad para reconocer quién es Dios para nosotros. Si todo lo que esperamos al orar es que Dios responda como un Papá Noel o un San Nicolás, definitivamente se puede decir: ¿para qué orar? Desde este punto de vista, todo lo que podemos hacer es decirle a Dios lo que queremos, y Dios sencillamente asiente o rechaza nuestra petición. Al limitar la oración a la perspectiva de que Dios conozca o no nuestras peticiones, estamos visualizando la oración en forma mecánica.

Los evangelios mencionan que Jesús pasaba la noche en oración, que se retiraba para orar (Mateo 14.23; Marcos 1.35; Lucas 6.12; 9.29). Todas las grandes figuras en la Iglesia Cristiana que han escrito sobre la oración se refieren a la práctica de la oración como una interacción con un Ser real. La oración no es una fórmula, ni una postura, ni un método. La oración es comunión con el Creador del universo, es una conversación en la cual recibimos tanto como expresamos. En la verdadera oración no sólo manifestamos todo lo que hay en nosotros, sino que somos transformados por Aquél a quien interpelamos.

Ese Dios no es manejable ni controlado por nuestras limitaciones humanas. Al orar, si ese es nuestro Dios, no estamos diciéndole cómo debe hacer nuestros mandados, sino que venimos a adorarle y a escucharle. En la oración a un Dios así necesitamos tiempo para recibir lo que tenga a bien decirnos, así como disposición a ser transformados en el proceso. Ese Dios tiene autoridad sobre nosotros; no tenemos la capacidad para manejarlo. A la misma vez es un Dios de amor que desea conversar con sus criaturas. Así que, aunque pensemos que no vale la pena decirle lo que ya sabe, es importante dialogar y dejarnos transformar por quien puede renovar diariamente nuestra vida.  

Atrás